Lunes, 29 Enero 2018 09:47

Julián Bayón: mi siempre-joven amigo. Artículo de Manuel J. Castillo Garzón

Manuel J. Castillo Garzón

Con inevitables lágrimas en los ojos, destrozado el corazón, y la mente lógicamente confusa, intento plasmar en un texto, difícilmente corto, lo que es y representa la persona y la personalidad de Julián Bayón. Una persona que procuraba, a cuantos le conocían, bienestar y alegría. Una personalidad capaz, como nadie, de transmitir a los demás su vitalidad y eterna juventud.

Lo que aquí y ahora pueda torpemente expresar será sin duda ampliado y mejorado, por la idea que de Julián tenga su querida familia, Merceditas, Julián, Germán… y sus numerosos amigos. Por la idea que, de Julián tenga, cualquier persona que haya tenido la suerte de conocerlo.

Habría que diferenciar la personalidad del Dr. Julián Bayón de la personalidad del compañero y amigo. En otras personas, esta diferenciación podría ser fácil, pero en el caso de Julián no lo es. Su vida personal y su vida profesional se entremezclan a la perfección, como en la seda se entremezclan a la perfección hilos y colores. Hay que acercarse para apreciar la perfección del detalle. Hay que mirarlo con perspectiva, para apreciar la belleza de la imagen en su conjunto. Ni sólo de cerca, ni sólo de lejos se aprecia lo que en realidad es. Como la seda, Julián era auténtico y natural. Y, además, de extraordinaria calidad humana y profesional. Y, de nuevo, ambas inextricablemente entrelazadas.

Porque para Julián, su vida y su trabajo no tenían solución de continuidad. Nunca se podría diferenciar donde acababa una y empezaba otro. Su trabajo no era su negocio era su ocio. Sus compañeros y sus pacientes, rápidamente nos convertíamos en amigos. Hacía el bien no sólo haciendo sino, simplemente, siendo. En mi caso, bastó coincidir una vez, en 2002, que me contara (me contagiara) su idea de la medicina anti-envejecimiento, para empezar una amistad que no ha dejado de crecer. Una amistad no de juventud o de coincidencia diaria. Una amistad de madurez, de encuentros ocasionales, de viajes, de congresos, de cursos, de paellas en su casa de Mojacar… No era viajar por viajar. Era viajar por aprender. Viajar por conocer. Viajar por compartir. Y sustitúyase el termino viajar por el término ir, o asistir, o estar, y se irá dimensionando el concepto de forma adecuada.

Julián disfrutaba aprendiendo. Aprender por el puro placer de conocer y comprender. Conocer y comprender para poder aplicarlo a su vida y su trabajo. También para compartir ese conocimiento con los demás. Conocer y comprender para trabajar con eficiencia, hablar con propiedad y enseñar con rigor. Conocer y comprender para ser consciente de lo mucho que se desconoce. Y poder ser así, sólo así, razonablemente escéptico. Escéptico en el único sentido que un médico-científico actual (y actualizado como era Julián) puede serlo: Escéptico en el sentido filosófico del término. Una forma de ser escéptico tan alejada del sentido vulgar del término como lo son la noche y el día. Ser escéptico como los grandes filósofos, haciendo suspensión de juicio. Sin juzgar lo que se desconoce. Sintiendo curiosidad por conocerlo. Esa infinita curiosidad que le permitía conocer y hablar de cosas y conceptos tan avanzados como sorprendentes. Con cuantas cosas, con cuantos conocimientos, con cuantos encuentros, nos ha sorprendido Julián. Cuantas cosas he, hemos, aprendido de él. Cosas y conceptos no aptos para todas las mentalidades y, por supuesto, tampoco para todos los médicos. Para algunos, quizás los más rígidos, los más anquilosados, podría resultarles confuso o directamente incomprensible, incluso inaceptable. Pero cuando uno consigue ponerse en ese nivel de conocimiento, la conversación con Julián resultaba tan interesante como divertida. Divertida por lo amena y sorprendente. Reunirse con Julián para hablar de un tema de actualidad, para preparar un congreso o decidir un ponente (y su ponencia) en una comida, en su despacho, en su casa, o en un viaje era directamente pasarlo bien. Y no era hablar sólo de trabajo, era hablar de todo, era también reírse y divertirse, era rejuvenecer. Era hablar de la vida. De vivir la vida. Era tomarse las cosas en serio pero no demasiado en serio. Y, sobre todo, no tomarse tampoco a uno mismo demasiado en serio. Ni en los últimos (y peores) momentos se tomó a sí mismo, y lo que sabía le pasaba, demasiado en serio. Se podría pensar que lo hacía para animarse a sí mismo, pero yo sé que era sobre todo para animar a quien en ese momento estuviera con él, aunque sólo fuera al teléfono. Cuantas veces en estos últimos tiempos, cuando la emoción me bloqueaba y no me salían las palabras, era él, Julianííín, el que soltaba una ocurrencia que animaba la conversación y me permitía momentáneamente olvidar su delicada situación. Ver su nombre en la pantalla del teléfono, una llamada, un mensaje, oírle decir Castillejooo… te alegraba la vida.

Julián ha sido en todo momento, y hasta el final, un perfecto ejemplo de lo que él predicaba: la medicina de estar bien, la medicina de estar mejor, mejor de lo que cabe esperar por la edad o por las circunstancias. La verdadera Medicina Anti-envejecimiento. Esa medicina que le ha permitido a Julián vivir, y a muchos con él, mucho más que lo que a uno le corresponde por los años vividos. Vivir mucho más. Por las personas que se conocen, por los sitios donde se está, por lo bien que se pasa. Julián ha vivido mucho, claro que sí. Ha vivido una larga e intensa vida. Sería muy, muy, mayor si no fuera porque se mantenía tan joven. Y es fácil de entender: La vida es una suma de buenos y malos momentos. También es una sucesión de encuentros con personas y circunstancias. Los buenos suman, los malos restan, los neutros no molestan. Tantos buenos momentos como los vividos por Julián (y algunos de ellos por mí compartidos) hacen que su vida haya sido muy extensa y muy buena. Julián ha vivido mucho y bien. Quizás por eso se haya podido permitir el lujo de irse antes de lo previsible. Antes de lo previsible por su edad. Y también antes de lo previsible por lo que se cuidaba y aplicaba en sí mismo sus conocimientos. Pero la vida, corta o larga, da igual, es traicionera e imprevisible. Da muchas vueltas y también volteretas. Y en una de estas te sorprende con un accidente. Un accidente en el genoma de algunas células que es el maldito cáncer que se lo ha llevado por delante. Contra el que ha luchado, y todos hemos luchado con él, de manera directa, convencional, y alternativa. Siempre con buen ánimo. Y todo ello, sin duda, le ha permitido vivir un poco más, y, sobre todo, brillar mucho más.
Porque Julián era una persona brillante, luminosa. Irradiaba luz y alegría. Con Julián todo tenía una luz única, especial. Sus ideas, lo mismo que sus conocimientos, eran actuales, atrevidos, con muchos matices, con mucho color. Estaba a la última en todo. Cuando Julián llegaba, todo se hacía divertido, la sonrisa era más fácil, el tiempo volaba. Qué diferentes son y han sido alguno de los últimos congresos a donde Julián ya no ha venido. Todo más gris, menos luminoso, menos interesante, más aburrido, nada sonaba igual, ni sabía igual. Que suerte haber disfrutado de tantos momentos, que mala suerte no haberlo conocido antes y que se haya ido demasiado pronto. Porque Julián, siendo un amigo de madurez, es un amigo de toda la vida, todas las épocas las hemos (con)vivido. Y es que en Julián se combinaban a la perfección las tres personalidades que refiere la teoría del análisis transaccional: la personalidad del adulto (eficiente y práctico), la personalidad del niño (divertido y travieso), y la personalidad del padre (riguroso y directivo). Y con las tres personalidades se comunicaba con los demás a la perfección, siempre que los demás supieran también comunicarse como debían. Cosa que con algunas personas resulta difícil y con otras directamente imposible. Por no hablar de aquellos que van por la vida con la máscara continuamente puesta, la máscara de la falsedad, la mezquindad y el engaño. Julián era lo opuesto. Era la naturalidad, la sinceridad, la autenticidad, la generosidad, la simpatía…

Y hablaba antes de la seda y no puedo evitar decir que algo que pienso refleja muy bien la personalidad de Julián: sus corbatas de seda. Tan de buena calidad, tan atrevidas, tan coloridas, tan actuales, tan valiosas, tan modernas, tan auténticas… y todo ello dentro del más estricto clasicismo, perfectamente conjuntadas y anudadas. Corbatas que poca gente sabría llevar pero que en él resultaban tan elegantes como juveniles. Como también lo era su personalidad. Julián, como sus corbatas, no pasaba desapercibido, se hacía notar, se hacía inmediatamente apreciar. Apreciar por su valor, su extraordinario valor, en las varias acepciones del término. Unas corbatas, que como en Julián, también se aúnan a la perfección, y de forma paradigmática, las tres figuras que según la teoría del ya mencionado análisis transaccional todos llevamos dentro.

Se suele decir que todas las personas son importantes pero que nadie es imprescindible. Pero no es así. Julián sí lo es. Su ausencia la notamos. Y siempre la notaremos. Tan sólo su recuerdo, imaginar lo que diría, aliviará esa carencia y permitirá que siempre esté, que siga presente, en cada una de nuestras próximas reuniones, de nuestros próximos congresos. Congresos, reuniones, cursos, conferencias… en los que estará, va a estar, como siempre ha estado, presente. Ya lo hemos acordado. Lo ha acordado la Sociedad Española de Medicina Anti-envejecimiento y Longevidad a cuya junta directiva pertenecía. La persona y la personalidad de Julián Bayón se verá necesariamente nombrada y reflejada. Poniendo en evidencia todo lo que nos ha aportado, lo que hemos aprendido de él. El inmenso bien, y bienestar, que nos ha proporcionado. Un próximo curso que será eso: lo que hemos aprendido de Julián Bayón. Un próximo congreso, que una vez más, será reflejo de sus conocimientos. Y en cada futuro congreso, una lección magistral que siempre llevará su nombre como premio y reconocimiento eterno a una persona, una personalidad, absolutamente excepcionales: Julián Bayón Plaza.

Por eso, Julianííín, que sepas, allí donde estés (que tú y yo sabemos que es aquí y ahora), que a todos los que te hemos conocido, mucha alegría, mucho bienestar, mucho bien nos has aportado.

Sólo puedo acabar, pues, con palabras tuyas. Tan tuyas como ciertas:
Julián Bayón, a la persona, mucho bien le proporciona

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