Según explica el profesor Villarroya, que trabaja en una red de investigación coordinada con el Centro de Investigación Biomédica en Red-Fisiopatología de la Obesidad y la Nutrición (CIBERobn), "a nivel de estudios con humanos, uno de los mayores retos científicos del futuro será estudiar cómo funciona este sistema en pacientes obesos o diabéticos". "Curiosamente, todo indica que los pacientes obesos tienen más cantidad de FGF21 y eso apunta a que hay un problema de factores de resistencia", apuntó.
A diferencia de la grasa blanca, cuya acumulación resulta perjudicial para la salud, la 'grasa parda' tiene el efecto contrario y recibe su nombre de la alta concentración de mitocondrias, que son de color marrón oscuro y encargadas de suministrar la energía necesaria para la actividad celular. Su función principal -la termogénesis o capacidad para generar calor en el organismo debido a las reacciones metabólicas- permite quemar calorías para mantener la temperatura corporal.
Tras haberse constatado que la 'grasa parda' se encuentra metabólicamente activa en nuestro organismo, los investigadores del CIBERobn centran ahora sus avances en la posibilidad de estimular farmacológicamente, o mediante nutrientes, la actividad de la llamada 'grasa buena' o adelgazante para conseguir, según expuso Villarroya, "que los pacientes obesos puedan eliminar su exceso de tejido adiposo blanco, pudiendo adelgazar con mayor facilidad y con menos carga de ejercicio físico".
El estudio centra sus explicaciones en la reducida expresión del FGF21 en ratones neonatos, en respuesta al ayuno, y en cómo se va manifestando a medida que ingieren alimentos y entra en juego el factor hambre. Es precisamente, según Villarroya, "el inicio de la ingesta de alimentos el 'gatillo' que activa la transcripción genética del FGF21, y que está bloqueada por la privación de alimentos después del parto".
Los estudios realizados por el equipo de investigación del profesor Villarroya apuntan a que la grasa parda puede detectarse exponiendo a las personas al frío, reduciendo su temperatura corporal y permitiendo así activarla y quemar calorías mucho más rápidamente que la grasa regular.
"Cuando los participantes en este tipo de estudios se encontraban en la sala a 22 grados, la 'grasa parda' no se podía apreciar, pero sí se manifestaba al exponerlos a temperaturas más bajas", anotó Villarroya.
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