Con las pautas establecidas por los investigadores, una apnea leve puede desaparecer y la moderada-severa reduce sus síntomas de forma «considerable», con la correspondiente reducción en la presión de los dispositivos de presión positiva continua en vía aérea (CPAP), el tratamiento más extendido contra esta patología.
En el módulo que aborda los hábitos para la práctica de ejercicio físico y una correcta alimentación, los científicos centran sus esfuerzos en comprobar la incidencia de una dieta equilibrada, así como la práctica de deporte, con el objetivo de que reduzcan el Índice de Masa Corporal (IMC). «El paciente siente mejoría con la pérdida de peso, aunque no sea muy elevada, porque en cuanto la zona de la laringe pierde grasa y volumen, se mejora la respiración y, por tanto, se reducen el número de paradas y semiparadas respiratorias», explicó el responsable de la investigación, Raúl Quevedo-Blasco.
Junto a la dieta, la otra parte de este módulo es el ejercicio, que es realizado por los pacientes de forma específica para mejorar algunos de los síntomas de la apnea. Así, ejecutan ejercicios técnicos, como movimientos oscilatorios de cabeza o cintura, que ayudan a reducir la masa muscular y perder grasa en aquellas partes del cuerpo que tienen más incidencia en la enfermedad, como son la zona del cuello o el abdomen.
Otro de los módulos se centra en el tabaquismo y el alcoholismo. En este campo, Quevedo-Blasco aseguró que se ha descubierto la incidencia del «hábito pasado» en la aparición de la patología.
«Hemos observado que pacientes que dejaron de fumar hace años han desarrollado la enfermedad cuando ya no eran fumadores, lo que hace pensar que es posible que, aunque hayan tenido este hábito, sus consecuencias para la apnea aparezcan 'a posteriori'», concluyó.
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